El
comercio internacional es el marco dentro del cual se encuadra la
prosperidad de Norteamérica. Las políticas de libre
comercio han creado un nivel de competencia dentro del mercado
abierto actual que origina una constante innovación y da
lugar a productos de calidad superior, empleos mejor remunerados,
nuevos mercados y mayor volumen de ahorro e inversión. El
libre comercio permite que los consumidores norteamericanos tengan
a su alcance mayor cantidad de bienes y servicios a precios
más bajos, y así aumenten notablemente su nivel de
vida.
Además, los beneficios del libre
comercio se extienden mucho más allá de los hogares
norteamericanos. El libre comercio contribuye con la
divulgación del valor de la libertad, con la
consolidación del estado de derecho y con la
promoción del desarrollo económico en países
pobres. El debate nacional sobre las cuestiones relacionadas con el
comercio con frecuencia ignora estos importantes beneficios.
Los
efectos positivos de un mercado abierto se observan claramente en
el crecimiento sideral que experimentó la economía de
EE.UU. durante la última década. Desde 1990, la
economía de EE.UU. ha crecido más del 23 por ciento,
lo que hizo que el producto bruto interno de la nación (PBI)
aumentara más de $2100 billones y que la riqueza del
consumidor norteamericano promedio se incrementara más de
$5500. La economía
respondió adecuadamente a la expansión del comercio
que tuvo lugar luego de la firma del Acuerdo Norteamericano de
Libre Comercio (NAFTA) en 1993 y el establecimiento de la
Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995 como foro
para la resolución de disputas en el comercio. Por
ejemplo:
-
Desde 1990, las importaciones reales de
bienes y servicios han aumentado un 115 por ciento.
-
La cantidad de empleos de tiempo completo
ha aumentado cerca de un 13,4 por ciento desde 1991. El porcentaje
de mano de obra que trabaja por horas debido a la imposibilidad de
encontrar un empleo de tiempo completo es inferior al 3 por
ciento.
-
Hasta julio de 2000, la tasa de desempleo
se mantuvo muy cerca del 4 por ciento durante casi todo un
año, tasa que, además, fue la más baja en 30
años.
- El récord sideral de crecimiento en
Estados Unidos se continuó también a fines de la
década: Entre 1998 y 1999 solamente, el total de empleos
aumentó en 2 millones.
Sin
dudas, actualmente muchos más hacedores de políticas
reconocen los beneficios del libre comercio, más que cuando
el Congreso aprobó la Ley de Aranceles en 1930 (la Ley
Smoot-Hawley). Los estragos producidos por estos aranceles
proteccionistas hicieron que los sucesivos gobiernos de EE.UU.
apoyaran libre comercio luego de la Segunda Guerra Mundial. La
grandiosa visión de estos gobiernos sobre un mundo cuyas
naciones convivieran en paz y comerciaran libremente entre ellas en
busca de la prosperidad para todos ha influenciado la
política exterior de EE.UU. y ha dado ímpetu a los
esfuerzos por facilitar la apertura de los mercados en todas las
regiones.
Un
número cada vez mayor de países sigue compartiendo
los beneficios que produce el énfasis que
Norteamérica pone en el comercio internacional. Según
un reciente informe de la Comisión de Asesoramiento para las
Instituciones Financieras Internacionales (IFIAC) presidida por
Allan H. Meltzer, antiguo miembro del Consejo de Asesores
Económicos del Presidente y Profesor de Economía
Política en Carnegie Mellon University:
El
Congreso, los sucesivos gobiernos y el público
norteamericano pueden sentirse orgullosos de estos logros. Estados
Unidos ha liderado la defensa de la paz y la estabilidad, a
través de la promoción de la democracia y el estado
de derecho, la reducción de las barreras comerciales y el
establecimiento de un sistema financiero transnacional. Los
norteamericanos y sus aliados han aportado voluntariamente el
potencial humano y el capital para la concreción de muchos
de estos logros. Los beneficios han sido compartidos ampliamente
por los ciudadanos de los países desarrollados y en
vías de desarrollo.
La
activa economía norteamericana obtuvo beneficios junto con
el resto del mundo. El crecimiento del comercio hizo que estos
beneficios se extendieran ampliamente. El consumo per cápita
en Estados Unidos se triplicó. Como sucede en otros
países, una mayor educación, mejores servicios en el
sector salud, el aumento de la longevidad, programas
medioambientales efectivos y otros beneficios sociales
acompañaron a las ventajas económicas, o fueron
consecuencia de las mismas.
A
pesar de estos logros, Estados Unidos, que cuenta con uno de los
mercados más abiertos del mundo, sigue imponiendo barreras
al comercio (principalmente aranceles y cuotas en las industrias
textil y de la indumentaria y en la agricultura) que elevan el
costo de los artículos para el consumidor y perjudican a los
países en vías de desarrollo que dependen de este
comercio para sus exiguos ingresos. En este aspecto, la Ley de
Comercio y Desarrollo de 2000 (Ley Pública 106-200),
aprobada el 18 de mayo de 2000, reduce algunas de estas barreras al
comercio y por lo tanto, es un paso en la dirección
correcta.
El
Congreso y el Presidente deberían aprovechar todas las
oportunidades que se les presenten para articular los beneficios
del comercio para el pueblo estadounidense y hacer todos los
esfuerzos posibles para expandir el comercio internacional, como la
reducción unilateral de las barreras comerciales, la
elaboración de acuerdos de comercio regionales y bilaterales
y la participación en foros de comercio internacional como
la OMC. Finalmente, los beneficios directos y tangibles derivados
del cumplimiento de todos estos pasos ayudarán a las
familias norteamericanas trabajadoras y a los pueblos empobrecidos
de todo el mundo.
LOS BENEFICIOS DEL LIBRE COMERCIO
Los
beneficios que trae el libre comercio son numerosos y tienen
más valor que el peligro que la competencia extranjera pueda
representar para la economía de EE.UU. Estos beneficios se
dividen en cuatro categorías principales.
Beneficio
Nº 1: El libre comercio promueve la innovación y la
competencia.
Actualmente, pocas
personas en Norteamérica cosen toda su ropa, cultivan todos
sus alimentos, construyen sus propias casas o compran solamente
productos fabricados en sus estados natales. Sería demasiado
costoso e insumiría mucho tiempo, especialmente debido a que
los norteamericanos pueden adquirir esos artículos en el
mercado abierto con relativa facilidad. El mismo principio de
conveniencia y costo se aplica a escala internacional. Desde un
punto de vista económico, tiene sentido comprar un producto
a alguien que se especializa en la producción del mismo o a
alguien que puede hacerlo más fácilmente o con un
costo inferior.
De
hecho, el propósito del comercio es lograr el acceso a una
mayor variedad de bienes y servicios. Así, las importaciones
no son un sacrificio ni un mal necesario para el bien de la
exportación. Se exporta para poder obtener bienes y
servicios a cambio. Así mismo, esta relación es obvia
a nivel personal ya que una persona trabaja a fin de conseguir los
medios para poder comprar artículos de primera necesidad y
posiblemente también de lujo. No se realiza una compra para
justificar el trabajo.
El
libre comercio es el único tipo de comercio verdaderamente
justo, porque ofrece a los consumidores la mayor cantidad de
opciones y las mejores oportunidades para perfeccionar su nivel de
vida. Fomenta la competencia alentando a las empresas hacia la
innovación y el
desarrollo de productos superiores. También lo hace
instándolas a que introduzcan en el mercado mayor cantidad
de bienes y servicios, manteniendo los bajos precios y la alta
calidad para mantener o incrementar su participación en el
mercado.
El
libre comercio también estimula la innovación. El
mercado estadounidense ha demostrado reiteradamente, en especial
durante la última década, que la competencia conduce
a una mayor innovación. Esto es evidente, por ejemplo, en la
intensa competencia que existe por crear la computadora personal
más avanzada al menor precio. El crecimiento del comercio
electrónico ha generado ilimitadas opciones de bienes y
servicios y la posibilidad de obtener productos a precios
más bajos. Ahora se pueden conseguir computadoras gratis
sólo mediante la firma de un contrato de servicio con un
proveedor de Internet.
De
hecho, la ventaja más importante de Norteamérica
reside en su capacidad para innovar y para aprovechar esa base de
conocimientos en constante expansión. Según El
Economista, Estados Unidos "posee una 'estructura de
innovación' (constituida por esos miles de
empresarios, capitalistas de riesgos e ingenieros) única en
el mundo". Esta fuente de
recursos genera una cantidad cada vez más grande de nuevos
productos y servicios que acentúan la ventaja competitiva
norteamericana dentro del mercado global y posibilitan una mayor
prosperidad local.
Esta
ventaja competitiva proviene en gran parte de las prácticas
de mercado abierto de Estados Unidos. El libre comercio promueve la
innovación debido a que el flujo del comercio, además
de bienes y servicios, hace circular nuevas ideas. Dado que las
empresas deben competir con su contraparte del exterior, las firmas
norteamericanas tienen la posibilidad de observar todos los
éxitos y también los fracasos que experimentan sus
competidores. Por lo tanto, los consumidores se ven beneficiados
dado que, para poder retenerlos, las empresas en un mercado de
libre competencia se encuentran obligadas a mantenerse al mismo
nivel que las empresas líderes.
Por el
contrario, las políticas proteccionistas diseñadas
para restringir la competencia extranjera imponen un costo excesivo
sobre los consumidores. Esto quizá se demuestra mejor con el
caso de la Unión Europea (UE) que, por ejemplo, protege las
industrias agrícolas de sus miembros de la competencia
extranjera mediante políticas como la restricción
sobre las importaciones de carne vacuna y la implementación
de un régimen proteccionista sobre la industria
bananera.
En
junio de 1999, en su testimonio ante el Comité para la
Agricultura, Nutrición y Explotación Forestal del
Senado acerca de la necesidad de reformar la Política
Agrícola Común (PAC) de la Unión Europea, la
Representante de Comercio de EE.UU., Charlene Barshefsky
observó que:
la
PAC de la Unión Europea, que incluye $60 mil millones en
subsidios con impacto distorsionador del comercio y el 85 por
ciento de los subsidios mundiales a las exportaciones
agrícolas, se encuentra entre las distorsiones más
significativas al comercio mundial en todos los sectores. La
reforma es para beneficio de todos. La combinación de
aranceles y subsidios elevados hace que los precios de los
productos alimenticios para los consumidores europeos sean mucho
más elevados que en los mercados mundiales. Los subsidios a
las exportaciones, en particular, constituyen una carga injusta e
inmensa para los agricultores de otros países, especialmente
de los países en vías de desarrollo.
No
obstante, el resultado final de estas políticas ha sido
privarles a los consumidores de toda Europa el acceso a una mayor
cantidad de bienes a precios más razonables.
Aunque
la declaración de la embajadora Barshefsky demuestra que el
gobierno de Clinton ha reconocido el impacto de las
políticas proteccionistas, el proteccionismo sigue
proliferando en el propio sector agrícola de
Norteamérica, representado por subsidios federales sobre
productos como el cacahuete y el azúcar.
La
equivocada y generalizada percepción de que los agricultores
norteamericanos necesitan los subsidios para sobrevivir se
contradice con la evidencia que los mismos agricultores han
acumulado, evidencia que representa un tributo a su eficiencia y
esfuerzo. La utilización del talento innato para innovar,
que los norteamericanos han desarrollado tan bien, ha permitido a
los agricultores incrementar significativamente la productividad a
lo largo de los años. De hecho, entre 1948 y 1996, la
productividad del trabajo agrícola estadounidense
aumentó en más de ocho veces y la producción
agrícola se duplicó, al mismo tiempo que
disminuyó el total de insumos utilizados (incluidos la mano
de obra, la tierra y la maquinaria).
Sin
dudas, la eliminación de barreras desfavorables para la
competencia, como las cuotas y los aranceles que limitan el acceso
y la competencia, resulta una buena política tanto
económica como pública.
Beneficio
Nº 2: El libre comercio genera crecimiento
económico.
En EE.UU., el libre
comercio propicia las oportunidades para las empresas y, de esta
manera, recompensa la toma de riesgos permitiendo un incremento en
las ventas, en los márgenes de ganancias y en la
participación en el mercado. Las empresas pueden decidir que
esas ganancias se generen a partir de la expansión de sus
operaciones, del ingreso a nuevos sectores del mercado y de la
creación de empleos mejor remunerados. Según
Barshefsky, Representante de Comercio de EE.UU., las exportaciones
estadounidenses generan más de 12 millones de puestos de
trabajo en ese país, y los empleos relacionados con el
comercio cuentan con salarios de un 13 a un 16 por ciento
más altos que los empleos que no están vinculados al
mismo. Los opositores del
libre comercio temen que los esfuerzos por eliminar las barreras
proteccionistas conduzcan a una pérdida de empleos en el
sector obrero, especialmente en la industria de la
fabricación. Piensan que el Acuerdo de Libre Comercio de
Norteamérica en particular pone en peligro estos empleos. No
obstante, como muestra el Gráfico 1, los hechos restan
importancia a este temor.

Los
estudios revelan que la naturaleza del empleo en Estados Unidos sin
dudas está alejándose de la manufactura y
acercándose más a los trabajos en el sector
relacionado con los servicios o la alta tecnología. Sin
embargo, los datos muestran que el comercio libre de
Norteamérica con los otros socios del NAFTA, Canadá y
Méjico, no ha ocasionado una pérdida adicional de
puestos de trabajo en la industria manufacturera. Por el contrario,
desde 1994:
-
se han registrado 14 millones de nuevos
puestos de trabajo en Norteamérica;
-
el índice de desempleo en
Norteamérica ha descendido del 6 por ciento al 3,9 por
ciento (hasta abril de 2000); y
- la cantidad de empleos relacionados con la
manufactura ha permanecido estable: 18,3 mi-llones de personas en
1994 y 18,4 millones en 1999, lo que representa el 14 por ciento
del total de la población activa estadounidense.
Como
resultado, el NAFTA no sólo no significó una
pérdida de empleos de fábricas en Estados Unidos,
sino que tampoco ocasionó un perjuicio a los salarios reales
de los trabajadores de la manufactura. El salario real promedio en
el sector manufacturero aumentó de $8,03 por hora en 1994 a
$8,26 por hora en 1999 (dólares constantes ajustados
según la inflación).
Además, se estima que salvar un solo
puesto de trabajo en la decaída industria textil y de la
indumentaria norteamericana le cuesta a los contribuyentes
más de $100.000 por año. La población
activa en este sector ha disminuído aproximadamente un 30
por ciento desde 1989 y comprende apenas el 1 por ciento del total
del empleo no relacionado con la agricultura. Esta
disminución es una consecuencia lógica si se tiene en
cuenta que el salario que la industria paga es mucho menor que el
salario nacional promedio (casi un 20 por ciento menos en el sector
textil y un 33 por ciento menos en el sector de la indumentaria). Estos empleos tan
mal pagos se vuelven marginales a medida que los trabajadores
buscan mejores remuneraciones en el mercado más amplio. De
hecho, durante la década pasada, se abrieron 19 millones de
nuevos puestos de trabajo, lo que demuestra
que los trabajadores norteamericanos cuentan con muchas
oportunidades para encontrar empleo.
Desde
que el NAFTA entró en vigencia, el volumen del comercio de
EE.UU. con Canadá y Méjico se ha incrementado en
más de un 86 por ciento (de $299 mil millones en 1993 a
más de $550 mil millones en 1999). Las exportaciones
estadounidenses excedieron los $2350 mil millones en 1999, cifra
que representó apenas un poco más del 25 por ciento
del PBI total y más del 15 por ciento del comercio global.
El
crecimiento de la economía de EE.UU. beneficia a los
ciudadanos de los países pobres que tienen acceso al mercado
norteamericano, en el que tanto la demanda de bienes y servicios
como los niveles de remuneración son muchos más
elevados que los de sus propios países. El comercio en este
nivel permite que las incipientes empresas de estas naciones
obtengan capital, y de esa manera, impulsen la producción y
fomenten el desarrollo de nuevas industrias. La gente empobrecida
logra la oportunidad de ganar mejores salarios, adquirir más
bienes y elevar su nivel de vida.
En
otras palabras, éste es un plan ventajoso para los
norteamericanos y también para la población de
países que han sido estancados por la pobreza pese a haber
recibido ayuda económica durante años. La ventaja que
tienen los países pobres al poder comerciar para obtener
capital, en lugar de tener que depender de los ineficaces programas
de asistencia que están sujetos a la malversación y
al fraude, consiste en que el rendimiento en los sectores privados
es mucho más inmediato. La inversión extranjera
permite que las industrias nacionales se desarrollen y puedan
brindar mejores oportunidades de empleo para los trabajadores
locales. Esta dinámica hace que la inversión
extranjera directa sea uno de los beneficios más importantes
que el libre comercio otorga a las naciones en vías de
desarrollo.
Beneficio
Nº 3: El libre comercio difunde los valores
democráticos.
El libre comercio
fomenta el apoyo al estado de derecho. Las empresas que participan
en el comercio internacional tienen fundamento para acatar los
términos de sus contratos y las leyes y normas
internacionales establecidas. La Organización Mundial del
Comercio, por ejemplo, obliga a sus miembros a respetar los
acuerdos de comercio y, en el caso de disputas comerciales,
atenerse a las decisiones del órgano de mediación de
la OMC.
Dado
que el libre comercio apoya al estado de derecho, al mismo tiempo
reduce las oportunidades para la corrupción. En los
países en los que no se hacen cumplir los contratos, las
relaciones comerciales fracasan, los inversores extranjeros huyen y
los capitales permanecen alejados. Es un espiral descendiente que
obstaculiza el desarrollo económico en los países en
los que la corrupción oficial es generalizada. Según
Alejandro Chafuen, Presidente de Atlas Economic Research
Foundation, "La verdadera libertad económica es posible
solamente bajo un sistema de gobierno limitado que cuente con un
estado de derecho fuerte. La libertad económica tiene poco
valor si la corrupción en el gobierno hace que sólo
unos pocos puedan disfrutarla".
De
igual modo, el comercio puede debilitarse en países en los
que los oficiales aduaneros esperan recibir comisiones en cada
punto de inspección. En África Occidental, los
oficiales de aduana suelen detener a los camiones con
mercaderías cada cien metros solamente para cobrar otro
soborno. Esto fue testificado por Mabousso Thiam, Secretario
Ejecutivo de West African Enterprise Network, en 1999 durante el
congreso sobre corrupción de la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Estos puntos de
inspección arbitrarios surgen cuando los países no
pueden pagar a sus oficiales salarios razonables, y los obligan
así a elegir entre seguir siendo honrados aunque sin poder
llevar a su casa dinero suficiente para alimentar a sus familias o
a aceptar un soborno ilegal, como muchos lo hacen frecuentemente.
Según Kofi Annan, Secretario General de la ONU:
La
corrupción se establece sobre la base de todo lo que
esté en manos del gobierno. Por eso, para todo se necesita
un permiso. La persona encargada de otorgar el permiso quiere un
soborno. La persona que concertará la cita quiere un
soborno. Así sucesivamente.
El
libre comercio, consolidado por el estado de derecho, elimina esos
estímulos para la co-rrupción ya que mejora las
economías, aumenta la cantidad de empleos mejor remunerados
y, finalmente, eleva el nivel de prosperidad.
Sin
embargo, el libre comercio no sólo ofrece a la gente bienes
y servicios tangibles. También transmite ideas y valores.
Una cultura de libertad puede florecer siempre que una gran
sociedad, como lo llamó el economista del siglo XVIII Adam
Smith, emerja con una seguridad que le permita abrirse al flujo
entrante de bienes y a las ideas y costumbres que estos conllevan.
Una cultura de libertad puede convertirse en principio y fin de la
prosperidad económica.
Beneficio
Nº 4: El libre comercio fomenta la libertad
económica.
Según lo
demuestra el argumento precedente, la capacidad para comerciar
libremente incrementa las oportunidades, las opciones y los niveles
de vida. Los países que actualmente cuentan con las
economías más libres por lo general han
adoptado un modelo capitalista de desarrollo económico y
permanecen abiertos al comercio y a la inversión
internacionales. Estos países incluyen el Reino Unido y
muchos de sus antiguos dominios y colonias: Hong Kong, Singapur,
Nueva Zelandia, Estados Unidos, Australia y Canadá.
Suiza
también ocupa una alta posición; los suizos adoptaron
una variante del federalismo norteamericano al elaborar su
constitución tomando como modelo la de Estados Unidos.
Chile, que se beneficia de una herencia europea heterogénea,
demuestra que la definición de políticas
económicas sobre la base de un modelo capitalista de mercado
libre también produce buenos resultados en esa
región.
El
análisis de Heritage sobre los 161 países que se
incluyen en el Índice de Libertad Económica,
que publica anualmente en conjunto con The Wall Street
Journal, indica que las políticas de libre comercio
pueden fomentar el desarrollo y elevar el nivel de libertad
económica. Diariamente, en los mercados de los países
libres, los individuos eligen y ejercen un control directo sobre
sus propias vidas. Los economistas del Banco Mundial, David Dollar
y Aart Kraay observan que, cuando se produce un crecimiento
económico, los más pobres se benefician tanto como
los más adinerados, y en algunos casos más que
ellos. Los países
pobres pueden crear un ámbito favorable para el comercio y
atractivo para los inversores extranjeros a través de una
sólida infraestructura construida sobre la base de la
libertad económica, derechos de propiedad asegurados, un
poder judicial independiente y justo, el libre flujo de capital y
un sistema impositivo razonable y bajo.
Consideremos la experiencia de China y
Taiwán. En 1960, el ingreso per cápita real de la
República Popular de China se mantenía a casi el
mismo nivel que el de la República de China en
Taiwán. No obstante, a finales de la década del
sesenta, el gobierno de Taipei instituyó amplias reformas
para garantizar la propiedad privada, establecer un sistema legal
que protegiera los derechos de propiedad e hiciera cumplir los
contratos, reformar los sistemas financieros y bancarios,
estabilizar los impuestos, distribuir la tierra de dominio
público entre los ciudadanos y permitir el desarrollo del
mercado. El resultado obtenido por Taiwán ha sido un
increíble crecimiento económico. (Ver Gráfico
2.)

El
Índice de Libertad Económica 2000 ubica a
Taiwán en la posición 11 cuando clasifica las
economías más libres del mundo. Su libertad
económica trajo aparejada la consolidación de las
instituciones democráticas. Por primera vez desde que el
partido dominante (el Kuomintang o KMT) estableciera un gobierno en
Taipei 50 años atrás, tuvo lugar en Taiwán una
transición democrática de poder cuando Chen
Shui-bian, candidato de un partido anteriormente ilegal,
asumió la presidencia el 20 de mayo de 2000.
A
pesar de este éxito, los que se oponen a las relaciones
comerciales normales permanentes con China sostienen que la
liberalización económica y del comercio no
conducirá a la democracia en China ni mejorará su
historial de derechos humanos. Estas críticas afirman que la
democracia simplemente es un concepto extraño para ese
país, argumento que irónicamente repite las
murmuraciones de los regímenes autoritarios de Asia sobre
los "valores asiáticos". El desarrollo de la libertad
económica y política en Taiwán refuta estas
afirmaciones y apunta al potencial que esta libertad podría
desarrollar en China. Un resultado de este tipo sería
beneficioso para Norteamérica ya que acentuaría la
estabilidad regional, incrementaría la prosperidad para los
chinos y abriría el inmenso mercado de China para los
norteamericanos.
El
acuerdo de comercio de EE.UU. con China suscrito por el gobierno de
Clinton en noviembre de 1999 es un paso en la dirección
correcta. Contribuirá con la apertura del mercado chino a
las exportaciones estadounidenses y la inversión extranjera
directa en un grado increíble. La libertad económica
es el beneficio principal de la ampliación del comercio,
tanto para las empresas norteamericanas que desean invertir en
China como para los mismos ciudadanos chinos. Estos fundamentos
básicos de la libertad económica no sólo
permitirán a los chinos tener acceso al mundo exterior, sino
que también expondrán al gobierno chino al consenso
internacional sobre el estado de derecho, y lo obligarán a
cumplirlo. Las cuestiones como los derechos de propiedad y el
cumplimiento de los contratos, que históricamente han sido
un obstáculo para las empresas que tratan de hacer negocios
en China, se destinarán a un poder superior.
La
implementación del sostén principal de los derechos
de propiedad y de las políticas de libre mercado es un paso
esencial para la creación del tipo de estabilidad de mercado
que es importante para los inversores extranjeros. En los
países que tienen un estado de derecho sólido que no
sufre variaciones con los sucesivos cambios de dirigentes, los
inversores se sienten más seguros y dispuestos a asumir
riesgos al instalar empresas en naciones en vías de
desarrollo. Ésta es una de las razones por las que
Taiwán y Hong Kong, por ejemplo, han prosperado en las
últimas décadas.
El
éxito de Taiwán demuestra que si China abre su
mercado, la libertad política y económica
tendrá posibilidades ciertas de desarrollarse. Mediante de
la aprobación de las relaciones comerciales normales
permanentes (PNTR) con China, medida que se convirtió en ley
el 11 de Octubre de 2000, los miembros del Congreso de EE.UU.
demostraron su confianza en la libertad económica al votar
por la asistencia de EE.UU. a este emprendimiento a través
de un intercambio económico más libre.
Es
razonable plantearse cómo el concepto de libertad
económica, cuyos frutos son tan visibles en los
países más ricos, puede aplicarse a los países
extremadamente pobres cuyas preocupaciones principales son la
provisión de alimentos y el acceso al agua corriente y la
electricidad. ¿Cómo se sacan conclusiones a partir de
una confrontación entre elementos de diferente tenor como es
el caso de comparar países prósperos con alta
tecnología, en los que los niños navegan
cotidianamente en la Internet usando la computadora familiar, con
naciones de bajos ingresos como Burkina Faso donde la
mayoría de los chicos son parte de una familia que apenas
sobrevive con poco más que el cultivo para subsistencia?
El
economista de la India, Barun Mitra, lo explica de manera concisa
cuando sostiene que "Los comerciantes en un mercado son como los
votantes en una democracia. Si el libre flujo de ideas es
fundamental para sostener la libertad política y una forma
de gobierno democrática, entonces el libre comercio es
decisivo para sostener la libertad económica y un mercado
eficiente. Después de todo, la `Libertad' es indivisible". Los países
que sufren las consecuencias de la corrupción, de una
excesiva regulación y de la ausencia del estado de derecho
se benefician eliminando las barreras impuestas al comercio y
permitiendo a sus ciudadanos participar en forma directa en el
mercado global.
Los
países asiáticos y los occidentales pueden ser muy
dispares en sus culturas y políticas, y es posible
evidenciar tanto represión como libertad económica en
ambas regiones. Se puede encontrar una estructura básica
sobre la cual edificar la libertad económica en
países tan dife-rentes como Bahrein (una monarquía
árabe), Singapur (una ciudad-estado autócrata),
Estados Unidos (una democracia constitucional) y Suiza (un sistema
federal de cantones que comprenden cuatro culturas distintas).
En
general, África subsahariana sigue siendo la zona más
pobre y más económicamente controlada del mundo. Sin
embargo, como muestra el análisis realizado en el
índice, su pobreza no es el resultado de niveles
insuficientes de ayuda extranjera. Según los cálculos
realizados sobre una base per cápita, muchos países
del África subsahariana reciben los más altos niveles
de asistencia económica del mundo. En cambio, las
principales causas de la pobreza de esta región son la
ausencia de libertad económica caracterizada por
políticas autoimpuestas y la corrupción
sistemática y desenfrenada.
De
hecho, la corrupción es un cáncer para los esfuerzos
más legítimos para estimular el desarrollo
económico en muchos de estos países. Si bien
éste no es un problema exclusivo de África o de las
naciones en vías de desarrollo, es más perjudicial
para estos últimos. No obstante, la perspectiva para esta
región no es desesperanzada. Mauricio, que en el
índice obtuvo la mejor clasificación de la
región, ha tenido un cierto grado de éxito al adoptar
prácticas de libre mercado. Si comparamos a Mauricio con
otros países de su región, podemos decir que este
pueblo merece puntajes relativamente buenos con relación a
la actividad en el mercado negro y a la regulación.
Los
resultados del índice relacionados con África
subsahariana ponen en duda la afirmación que postula que
grandes transferencias de riqueza de naciones industrializadas
hacia el mundo menos desarrollado producirán un crecimiento
económico en este último. Los habitantes de Zimbabwe
y Congo, para mencionar sólo dos ejemplos, no son pobres
porque la gente de Occidente no comparte suficiente riqueza con
ellos. Lo son porque sus gobiernos persiguen políticas
económicas destructivas que reducen la actividad de libre
empresa o permiten que las prácticas corruptas debiliten el
estado de derecho. Sólo cuando los regímenes de
gobierno de los países aumenten la libertad económica
y desplieguen el poder del libre mercado, estos pueblos
podrán aventurarse en el camino hacia la prosperidad. Toda
medida que carezca de políticas de libre comercio
seguirá siendo desacertada en materia económica y
también inhumana.
Estados Unidos puede impulsar la libertad
económica de estos países a través de medios
más efectivos que la asistencia económica. Como se
comentó anteriormente, Estados Unidos impone aranceles que
incrementan el costo de la venta de productos en EE.UU. y hace que
los artículos importados sean menos competitivos que los
productos locales. Si bien en Norteamérica la tasa
arancelaria promedio del 2 por ciento es baja en relación
con el estándar global, este país no
aplica equitativamente la tasa arancelaria para los productos que
compra a sus socios comerciales. Por el contrario, impone aranceles
de acuerdo con los tipos de artículos que llegan a las
costas norteamericanas.
Lamentablemente, los artículos que
están sujetos a los aranceles más altos de EE.UU.
son, precisamente, los producidos por los países más
pobres, como los productos agrícolas, los textiles y la
indumentaria. El alto nivel de aranceles, junto con el impacto de
las cuotas, constituye un gran impedimento para los países
que se esfuerzan por lograr una presencia en el mercado global y
por sacar a su gente de la pobreza.
Esta
disparidad en las tasas arancelarias existe en primer lugar debido
a que los países pobres exportan mayormente artículos
que en EE.UU. están sujetos a aranceles altos. Los
países de bajos ingresos desarrollan industrias que
satisfacen las necesidades básicas de sus ciudadanos y que
tienen una ventaja comparativa. La industria textil y de la
indumentaria y la agricultura son actividades económicas
claves porque satisfacen necesidades locales y no requieren
maquinaria sofisticada ni grandes cantidades de capital para
obtener una ganancia. Lo que sí requieren (y lo que estas
naciones poseen) es una inmensa fuerza laboral.
En el
caso de Nepal y de Bangladesh, los textiles y la indumentaria
representan el 85 y el 77 por ciento del total de las
exportaciones, respectivamente. Cada uno de estos
países cuenta con un PBI per cápita inferior a $300,
y encuentran grandes obstáculos cuando intentan vender sus
productos en el mercado estadounidense. Las tasas arancelarias
promedio que aplica EE.UU. a los productos de los países en
cuestión son del 13,2 por ciento y 13,6 por ciento,
respectivamente (cifra seis veces mayor a la del promedio de
EE.UU.).
El
impacto de estos aranceles depende de su magnitud y de la
reacción de los consumidores norteamericanos hacia las
variaciones en los precios de los productos. En el caso de algunos
textiles e indumentarias o de importaciones
agrícolas, los consumidores son muy sensibles a las
variaciones de precios y a comprar un producto nacional en lugar de
uno importado si este último se encareciese demasiado. Por
ejemplo, por cada aumento del 1 por ciento en la tasa arancelaria
sobre telas tejidas importadas, el consumo de telas tejidas
nacionales aumenta más del 2,9 por ciento. De esta manera,
incluso un pequeño incremento en la tasa arancelaria
desalentará la compra, y finalmente la producción, de
estas importaciones, restringiendo así ante todo el acceso
de países en vías de desarrollo al gran mercado de
Norteamérica.
Irónicamente, todos los beneficios
que los aranceles puedan representar para la economía de
EE.UU. son minúsculos en comparación con el costo
total que los norteamericanos pagan por esta protección. Los
economistas del Instituto de Economía Internacional (IIE)
estiman que los consumidores ahorrarían $70 mil millones si
Estados Unidos eliminara todos los aranceles y las restricciones
cuantitativas sobre las importaciones (o alrededor de $750 por
grupo familiar norteamericano). Con la
liberalización del sector de textiles e indumentaria, se
lograría juntar aproximadamente un 35 por ciento de estas
ganancias, es decir $24,4 mil millones. Éste es el objetivo
del Acuerdo sobre Textiles e Indumentaria que exige que se eliminen
todas las cuotas sobre las importaciones de textiles para el
año 2005.
A fin
de cuentas, los aranceles que Estados Unidos aplica para proteger
un sector que evidentemente se encuentra decaído
impondrán un costo significativo sobre los consumidores
norteamericanos y los habitantes de países de bajos ingresos
que fabrican los productos y que carecen de otras oportunidades de
trabajo. Cuando en Bangladesh o en Nepal cierra una fábrica
(en parte debido al impacto de los excesivos aranceles de EE.UU.
sobre sus productos), el desempleado no cuenta con una red de
seguridad y tiene pocas alternativas.
Contrariamente, Estados Unidos ofrece a los
trabajadores desplazados numerosas oportunidades para encontrar
nuevos empleos. El programa de Asistencia para el Ajuste del
Comercio, por ejemplo, ayuda a que las personas que perdieron su
trabajo en el sector de la manufactura como resultado de las
importaciones extranjeras puedan solicitar seguros de desempleo y
reciban capacitación laboral y apoyo en la búsqueda y
reinserción laboral. En Norteamérica, el desempleado
generalmente encuentra un nuevo empleo en el término medio
de 6,4 semanas.
La
mejor forma de ayudar a los norteamericanos y a los pueblos del
mundo en desarrollo es través de la reducción de los
aranceles, la promoción de acuerdos de libre comercio
bilaterales y regionales y la participación en la
Organización Mundial del Comercio para fomentar el comercio
internacional. La aprobación de la ley de PNTR con China es
prueba del compromiso de Norteamérica con el libre comercio
y una ocasión crucial para mejorar las opciones y
oportunidades económicas de los habitantes tanto de Estados
Unidos como de China.
Denise H. Froning es
Analista de Política de Comercio Internacional en el Centro
de Comercio Internacional y Economía (CITE) de The Heritage
Foundation. Este estudio apareció originalmente en
Inglés como Backgrounder nro. 1391, "The Benefits of Free
Trade: A Guide for Policymakers", el 25 de Agosto de 2000.